Una nota del periodista Daniel Díaz sobre el desayuno de Darsecuenta.

 

La cita fue en un hotel capitalino. La Fundación Darse Cuenta invitaba a participar de un desayuno con disertaciones de diversos especialistas en temas de políticas públicas bajo el título “Tratarnos bien, cumplir con las reglas”.
Pero el plato fuerte llegaría al final. Allí, una vez más, el filósofo Santiago Kovadloff iluminó algunas zonas oscuras de la inteligencia, con la solvencia que lo caracteriza. E instó a no victimizarnos más, “hay que capitalizar nuestros fracasos”.
La primera definición llegó de la mano de la siguiente sentencia. “Lo que queda claro es que todos debemos tener conciencia de lo complejo” al tratar de asir una realidad, que a veces se nos plantea como una opción, cuando en realidad son dos expresiones de lo mismo. Ejemplo, el discurso oficial y el discurso opositor. “La primera política de saneamiento ciudadana es ver como complementarios a aquellos que son vistos como antagónicos”, señaló. Y aconsejó “hay que desvictimizarnos”.
La segunda política es “rehuir de la lucha entre optimistas y pesimistas. Hay que aprender a convalecer, como signo de cultura cívica. Convalecer es aprender a estar en la cama. Y la opción más inteligente es optar por ser un hombre esperanzado. O sea, aquel que advierte en el presente, matices que desmienten una visión única. Advierte, por tanto, que no todo es igual, o que ya está todo dicho. Es el lapsus del sistema. Es el sí, pero no. Es el continente donde impera la sensibilidad crítica”.
Más adelante ser refirió al desafío de ser contemporáneos, que definió como “aquel hombre que es siglo XX tardío y siglo XXI. Un hombre que lleva, como ADN, la conciencia de la historia de la cultura occidental”. Y agregó que “no es lo mismo ser coetáneo que contemporáneo. El primero, es casual. Los segundos entienden de qué manera lo público y lo privado impacta en su vida personal”.
Kovadloff también describió los cuatro paradigmas sobre los que fluye nuestro presente, basados en la noción de la naturaleza, el progreso, el conocimiento y la globalización.
“Al principio, el hombre tuvo como premisa acotar la naturaleza para que la cultura tuviera lugar. Ahora, se trata de transformarla en interlocutora más que como instrumento de dominio. Esto proviene de la crisis ambiental. La tierra está enferma por el trato prostibulario que le hemos dado”, enfatizó.
Respecto del progreso lo definió, primero, como “nuestra capacidad de resolver problemas. Luego comprendimos que además de resolverlos creamos nuevos. Las sociedades más progresistas son aquellas que acceden a nuevos problemas, luego de resolver los viejos. Son aquellas que no se repiten. Por eso, lo peor que le podemos desear a nuestros hijos es que ‘sean felices’. En realidad debemos desearles que tengan… problemas interesantes”.
Sobre el conocimiento, Kovadloff advirtió que “tenemos una formidable integración geopolítica, dada por los medios, pero un pobre cosmovisión, por el saber especializado. Nuestros Estados están feudalizados por las especificaciones, lo que explica la caída de valor de las democracias, ayudados por liderazgos vergonzosos”.
Y agregó que “tenemos facultades, pero no universidades. O sea, no hay interdependencia entre los saberes. ¿Qué es lo de uno? Claramente, la interdependencia con el otro”.
Y finalmente, sobre la globalización dijo que no es un fenómeno reciente. “Reconoce varios antecedentes históricos. El primero, la globalización romana que expandió las normas de administración y la estructura legal de Roma. La segunda fue la cristiana. La tercera ocurrió con el ‘descubrimiento’ del Nuevo Mundo por parte de Europa, que no hizo otra cosa que exportar lo viejo. La cuarta fue la Revolución Francesa, con la universalización de los derechos humanos. Y la última es la actual: la expansión de la tecnología, con lo cual hemos abolido el tiempo. Y en donde, también la condición cívica cambia por la del consumidor. Hay una homologación creciente para que el mercado prospere”.
El filósofo instó a “volver de la tecnocracia a la tecnología. No somos intercambiables. Mi muerte no es transferible. Los valores compartidos están filtrados por la primer persona del singular. Esto implica asumir la responsabilidad personal en la construcción subjetiva de un bienestar común. Somos, en relación con el prójimo. Por lo tanto, para refundar la República es necesario la confirmación de la identidad personal”.

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