13/02/2007 - Benegas Lynch analiza las razones por las cuales no se puede seguir sosteniendo la teoría del “hombre nuevo”.
Se ha venido insistiendo, durante mucho tiempo, en que hay que fabricar “el hombre nuevo”, que deje de lado todos sus intereses personales y abandone cualquier incentivo para entregarse alegremente a la colectividad.
No se tiene en cuenta que toda acción humana se realiza por el interés personal del sujeto actuante. El acto podrá ser ruin o sublime, pero siempre está en interés de quien lo lleva a cabo. Se trata del interés de la Madre Teresa en la curación de los leprosos, así como del interés de Al Capone el obtener réditos de los asaltos a la vida y a la propiedad de otros.
En una sociedad abierta, en el terreno crematístico (interés económico), cada uno, al perseguir su interés personal debe beneficiar a su prójimo (sea vendiendo computadoras o zapatos), como condición para mejorar su propia situación. El cuadro de resultados indica si se dio en la tecla con las preferencias de la gente o si se erró el camino, con lo que se reencauza la administración de recursos, siempre y cuando no se toleren operadores que hacen negocios en los despachos oficiales buscando mercados cautivos que finalmente perjudican a todos, especialmente a los más necesitados.
Caso Cuba
En este momento se está discutiendo respecto del futuro de Cuba. Se está deliberando si conviene seguir “el modelo chino”. Este esquema implica terminar con el discurso del “hombre nuevo”, basarse más bien en la “condición humana” y liberar la energía creadora a través de los incentivos naturales en el comercio, que permiten obtener ganancias a todas las partes involucradas y huir de “la tragedia de los comunes”. Esto es, finalmente, percibir que lo que es de todos no es de nadie.
Pero, y este pero es de gran importancia, que los funcionarios actuales no se transformen en los principales beneficiarios de este cambio y aprovechen su posición para obtener importantes comisiones por el permiso y la concesión que otorgan a los comerciantes para instalarse y ofrecer bienes y servicios.
Caso China
En estos casos en que el comunismo ha devenido en capitalismo, hay que tener en cuenta que tiene que ser un capitalismo que beneficie a la gente y no sólo a los funcionarios o a una parte reducida de la población que usufructúa privilegios.
En estos sistemas se revierte la relación con el poder: “los empleados no son los gobernantes, sino los gobernados”. Consecuentemente, se revierten también los principios más elementales de la teoría constitucional, en la que los gobiernos tienen facultades limitadas y enumeradas y los gobernados derechos no enumerados, para, en cambio, entronizar un sistema en el que los gobiernos pueden hacer lo que se les ocurra y los “mandantes” (gobernados-el pueblo) tienen derechos cada vez más escuálidos y raquíticos.
Existe otro equívoco importante que es el sostener que si avanzara el espíritu del liberalismo en China, nos toparíamos con “el peligro amarillo”, debido a las invasiones de productos que Occidente recibe de aquella procedencia.
Se recurre así, a expresiones militares tales como la de las susodichas “invasiones de productos”, como si el vender bienes más baratos y de mayor calidad fuera el resultado de tropas de ocupación y de la coacción, en lugar de comprender el enorme beneficio de los países receptores, quienes liberan recursos humanos y materiales para otros fines, que no podían considerar antes de las nuevas adquisiciones.
Mucho se ha escrito en favor del denominado “socialismo de mercado” que tanta alabanza recibe hoy de las autoridades chinas. El “matrimonio de conveniencia” entre el socialismo y el mercado; es autodestructivo para el mercado.
A la pregunta de cuál de los dos elementos tiñe al otro, debe responderse que es el socialismo lo que impregna al mercado, puesto que, en este contexto, necesariamente a este último proceso se lo toma de manera sustancialmente distinta del mecanismo que se basa en la propiedad y en marcos institucionales que garantizan derechos. En el “socialismo de mercado” hay un simulacro de mercado que no permite desarrollar su rol primordial.
Resultan controvertidas las opiniones sobre cómo terminará la historia en China, en vista de las tensiones desatadas y del cercenamiento de libertades vitales como la de expresión; pero es de interés destacar la tradición iniciada por Lao-tsé, seiscientos años antes de la era cristiana, en un ensayo sobre la importancia de las libertades civiles en China, el fundador del taoísmo señalaba al político que: “cuando los impuestos son altos, la población padece hambre. Cuando el gobierno se inmiscuye mucho, la población pierde su espíritu [...] Debe confiarse en la gente, hay que dejarla en paz”.
Es que toda la concepción socialista y estatista avanza sobre las autonomías individuales por medio de la manía regulatoria de actividades lícitas.
Hay que darse cuenta, que cuando “en nombre del bien común u otra razón aparentemente comprensible”, se cobran impuestos a minorías más allá de las obligaciones correspondientes que establece la democracia no se modifica el hecho de que las consecuentes disminuciones en las tasas de capitalización reducen salarios e ingresos en términos reales de la población.
Resulta sorprendente que algunos se atribuyan la pretensión de coordinar millones de arreglos contractuales vía “acuerdos de precios” y demás, como si alguien pudiera contar con la información necesaria para tales propósitos, y sin percatarse de que, precisamente, el conocimiento es, por su naturaleza, disperso, y que, en cada contrato libre y voluntario, se está formando un proceso que no es susceptible de manejarse individualmente en su totalidad, puesto que excede las capacidades consideradas.
Fuente:
“Cuba mira a China”. Benegas Lynch (H). La Nación. Jueves 28 de Diciembre de 2006.
Para darse cuenta
- Que el “hombre nuevo”, en el que predomina el bien común sobre el propio, es “un mito”. Que existe la “condición humana”, ésta tiene que ver con los intereses de las personas que direccionan sus acciones. La motivación puede ser altruista o ruin; generalmente es una humana inquietud de prosperidad o de agradar a otros, la que mueve el mundo.
- Que reconocer que el hombre nuevo es un mito, no es una mala noticia ni tampoco un renunciamiento egoísta y cobarde a una utopía; al contrario, es exonerar al ser humano de un sentimiento de culpa que no le corresponde. Tiene que ver con liberar su creatividad y esfuerzo para prosperar y contribuir al desarrollo de la sociedad en la que vive.
- Que aceptar que el hombre nuevo es un mito y que existe una condición humana, con sus virtudes y defectos, permite reconocer que muchas veces detrás de las proclamas del bien común se ocultan intenciones de grupos o personas que no tienen una razón creíble para exigirles sacrificios a los demás o apropiarse de sus esfuerzo y logros.
- Que los gobiernos deben proteger los “derechos de los gobernados” y garantizar seguridad y una justicia independiente. Sin embargo, habitualmente no lo hacen y se inmiscuyen en tareas que no sólo no le competen sino que resultan a todas luces inconvenientes. El problema radica en que una parte importante de la población, los apoya porque “no se da cuenta” que este tipo de acciones lejos de beneficiarlos, los perjudica.
- Que cuando alguien, en una sociedad libre, logra desarrollar una actividad que le reditúa económicamente, no sólo se beneficia a sí mismo sino que también beneficia a los demás. De no ser así, su actividad no tendría demanda.
- Que no se deben tolerar operadores que hagan negocios con mercados cautivos que alguien con poder les haya concedido, con el “propósito declarado” del bien común, de proteger a los capitales nacionales o algún otro pretexto. En estas condiciones finalmente se perjudican todos, especialmente los más necesitados.