Por Luis Galeazzi.
El futuro de las comunidades y de las personas que las componemos frecuentemente parece envuelto en una pesada nube de incertidumbres, turbulencias y amenazas. El futuro ha sido desde siempre un tema principal de la filosofía, la economía y la política. ¿Qué debemos hacer hoy para mejorar nuestra perspectiva de futuro, para asegurar bienestar y seguridad a nuestra familia, a nuestra comuna, a nuestra empresa?
En la historia humana se han probado mil teorías sobre cómo actuar para mejorar la calidad de vida presente sin afectar la futura. ¿Debemos sacrificar bienes presentes para asegurar una calidad de vida más próspera mañana? ¿Hasta dónde el mañana azaroso justifica el esfuerzo presente? ¿No es mejor vivir el hoy como si no hubiera mañana?
Frente a dilemas tan esenciales la verdad hay buscarla en las fuentes, en la sabiduría más sencilla y natural. Observemos la sabiduría del agricultor al que la naturaleza le ha enseñado sus ritmos y que sabe intuitivamente que hay un balance inteligente y virtuoso entre el hoy y el mañana, entre el esfuerzo y el ocio, entre el ahorro y el consumo, entre el estudio y el trabajo productivo, entre el cuidado de la naturaleza y su uso productivo.
Aristóteles enseñaba que la virtud esta en el balance correcto de cada cualidad, no en las exageraciones. Todo en su medida y armoniosamente era el principio clásico y esencial de la sabiduría. Como personas individuales y como comunidades el balance y la mesura es la solución más racional y más lógica para nuestros dilemas.
Este principio aplica como anillo al dedo a nuestra realidad argentina actual. El progreso radica en la capacidad de concertar rumbos en común, en respetar los procesos democráticos sin medias tintas, en entender que todos estamos arriba del mismo barco, en que no hay derechos sin obligaciones, en aceptar que solo el trabajo y el talento crea la riqueza, en que los más ricos tienen más responsabilidades, en que nadie encamina su vida sin esfuerzos y renunciamientos, en que no hay ningún Gran Hermano que haga por nosotros lo que nosotros no somos capaces de hacer.
Mencionar estos principios puede parecer una verdad de Perogrullo, pero no lo es tanto. A diario vemos pregonarse la cultura del enfrentamiento, de la imposición de la fuerza, del corto plazo, de la ventaja transitoria, del beneficio desmesurado. Las etiquetas varían, algunas veces se presentan como ultra capitalismo y otras como estatismo. Nos dicen que la vida es conflicto y debe reconocerse que es cierto. No se trata de eludir los conflictos naturales que una sociedad tiene legítimamente en su seno: la economía, la política y la cultura son un permanente juego entre posiciones diferentes y aun antagónicas. Desconocer los intereses en pugna es inocente y más que eso estúpido. Pero eso no nos habilita a suponer que como comunidad no tenemos un destino en común, ideas fuerza que compartimos y que dan sentido a llamarnos comunidad, reglas éticas y solidarias y cauces naturales para dirimir posiciones encontradas.
Pensar a nuestra comunidad como un rosario de conflictos permanentes sin orden ni concierto, un conjunto de batallas de exterminio, un futuro donde no hay más diversidad que la tolerada por mi bando es autodestructivo. No hay victoria que justifique tal guerra. Nuestro país ha estado enfermo de violencia y aun sufrimos la convalecencia; asumamos que somos convalecientes y tengamos ánimo de curarnos.
Darse Cuenta de que podemos vivir un país mejor es aprender a dar las batallas dentro de los márgenes de la convivencia, a comprender que no cualquier arma es válida, a que después de la batalla de hoy habrá que convivir mañana. A saber bajar el tono, a aprender a dialogar, a aceptar los hechos, a usar el tiempo, a abrir los ojos y los oídos a realidades que no hemos percibido, a entender que los otros también tienen razones, a ser honestos intelectualmente, a comprender que no bajar banderas no significa ser fundamentalista.
Nuestro país tiene más de diez millones de marginales, dentro de los cuales está el 50% de nuestra población infantil. En nuestro país hay hambre y gente sin techo. Esto no es cuento, es realidad hoy y acá. Nuestro país tiene el potencial inmediato de triplicar su PBI por habitante y ser tan ricos como hoy son Canadá o Australia. No podemos darnos el lujo de desaprovechar lo que tenemos, de despilfarrar tiempo, oportunidades, riqueza y sobre todo millones de vidas malogradas por la pobreza y la falta de educación. No podemos ser tan necios para permitir que nuestras carencias para saber vivir en común y construir un futuro para todos nos condenen a repetir el pasado.
Darse Cuenta no solo es posible, es indispensable.
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